A partir de cierta edad hacemos como que no nos importan
las cosas que, precisamente, son las que más deseamos.

Marcel Proust
, escritor francés (1871-1922)

miércoles, 12 de octubre de 2016

Veroño, ciencia y siesta (2)

(Continuación) Seguro que lo han oído o incluso utilizado en alguna ocasión. Se me ocurre que algo así como “Adiós verano, hola veroño” o “Aún tendremos veroño para rato”.

¿Desde cuándo se utiliza veroño? ¿Qué significa?
Por lo que he podido averiguar en las redes sociales, su uso pudo empezar en la primera década de este siglo XXI, hacia 2009, alcanzando su punto álgido al menos en el mundo periodístico y de la comunicación, a comienzos del otoño pasado de 2015.

Como es más que evidente, se trata de una mezcla de verano y otoño con la que nombramos días como los que estamos pasando desde que empezó la nueva estación otoñal, ya saben a qué me refiero.

Días con un frío que pela por la mañana, un calor sofocante a mediodía y fresco al anochecer.

Una panoplia de tiempo meteorológico lo suficientemente variada y variable, como para que apetezca tomar helado en la cafetería a una hora y comprar castañas asadas por la noche en el puesto de la calle.

Pero en realidad, lo de veroño, no es más que una modernización del antañón “veranillo de San Miguel” si estamos en los inicios del otoño, los alrededores del 29 de setiembre, festividad de San Miguel y los arcángeles San Gabriel y San Rafael.

O ya más metido en la estación, el de San Martín, cuya festividad será el próximo 11 de noviembre. “El veranillo de San Martín dura tres días y fin”, dice el refrán.

O sea altas temperaturas y sequedad ambiental veraniegas, trasladadas a los otoñales octubre y noviembre y que ya nuestros padres, abuelos y ancestros conocieron y padecieron también.

Sólo que la llamaban de otra forma. Nuevas palabras para viejos sucedidos.

Ya ven, como nos insiste el clásico, “nada nuevo bajo el Sol”.

Veroño, ¿quinta estación?
De momento veroño está en la RAE, pero los académicos la tienen guardada en un cajón. Por ahora la institución que ‘limpia, fija y da esplendor’, no ha decidido incluirla en el DLE, diccionario de la lengua española.

Estamos ante un inexistente reconocimiento por ahora, que no implica, ni mucho menos, que no pueda existir en un futuro. Pero para ello ha de vivir antes unos años en la calle, ha de realizar su particular travesía del desierto lingüístico.

Les ha pasado a todas las palabras que en el diccionario quieren encontrar asiento, ya que se trata de un requisito sine qua non. Por lo que hay esperanzas “veroñas”.

Si ha entrado “papichulo” en el DLE, tengo para mí que mucho se tienen que torcer las cosas como para que no lo haga veroño. (Continuará)



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