A partir de cierta edad hacemos como que no nos importan
las cosas que, precisamente, son las que más deseamos.

Marcel Proust
, escritor francés (1871-1922)

domingo, 28 de agosto de 2016

Tinte sintético de W. H. Perkin

No mucho en realidad pues todo empieza unos tres años antes, cuando un casi niño William Henry Perkin (1838-1907) ingresa con tan solo quince (15) años en el Royal College of Chemistry of London.

Allí, dos años después, pasó a ser alumno del famoso químico alemán August Wilhelm von Hofmann (1818-1892), nada menos que “el experto mundial” en alquitrán de hulla, quien observando sus cualidades para la química le contrata como asistente en su laboratorio.

Eran los años en los que el químico intentaba sintetizar quinina a partir de un componente del alquitrán de hulla, la anilina.

Lo hacía por motivos que ahora paso a explicarles.

Del alquitrán de hulla a la quinina, pasando por la anilina
Pero ante tal despliegue de sustancias químicas, permítanme que les recuerde de forma bachillera algo de ellas. Todo sea en beneficio de una mejor comprensión de la entrada.

Del alquitrán de hulla, ya ha aparecido en esta tribuna divulgadora, sepan que se trata de un líquido marrón oscuro o negro, de desagradable e intenso olor.

Constituido por una mezcla de hidrocarburos aromáticos, bases nitrogenadas y fenoles, tiene una elevada viscosidad y cuenta con numerosas e interesantes aplicaciones industriales.

Entre éstas y porque hace al caso, la de que con él y sus derivados, ya se teñían en Francia tejidos como la seda, por ejemplo, de color amarillo. Aunque aún no se había iniciado una relación entre los mundos de la química industrial y la alta costura.

De la anilina o fenilamina o aminobenceno decirles que un líquido orgánico, ligeramente amarillo, de olor característico y cuya fórmula es C6H5NH2. Una pieza fundamental en todo este engranaje.

Y por su parte la quinina o chinchona es un alcaloide natural, blanco y cristalino, de fórmula C20H24N2O2, producido por unas especies vegetales del género Cinchona y con propiedades antipiréticas, antipalúdicas y analgésicas. Una magnífica combinación salutífera.

Precisamente por estas propiedades Hofmann intentaba obtenerla en su laboratorio y hacerlo a partir de la anilina (formada por 6 partes de carbono, 7 de hidrógeno y 1 de nitrógeno), agregándoles los elementos químicos necesarios, hasta las 48 partes de la quinina.

Malaria, quinina y gin-tonic
Porque desde siempre la quinina se había utilizado como fármaco para combatir y tratar la malaria o paludismo. Una enfermedad producida por parásitos del género Plasmodium y quizás, la primera de importancia entre las enfermedades que debilitan así el organismo humano.

Como seguro les sonará, la malaria era un asunto sanitario preocupante en las colonias europeas de África y Asia. Unos lugares desde donde este medicamento, por razones obvias, era muy solicitado ya que causaba auténticos estragos de salud en la población.

No obstante su uso presentaba dos problemas.

Uno. Porque se comercializaba en forma de pastillas lo que resultaba cómodo pero, dado su amargo sabor, la ingesta se convertía en un auténtico martirio.

De ahí que los oficiales británicos destinados en la India, comenzaran a disolverlas en agua (H2O), añadiéndole zumo de lima, azúcar y “un toque” de ginebra.

Una combinación que a qué dudarlo, hacía bastante más placentero el hecho de medicarse.

Bueno el resto es historia conocida de todos.

No tuvo que pasar mucho tiempo para que las empresas vieran un gran negocio en todo esto, y comenzaran a comercializar agua carbonatada (contiene ácido carbónico, H2CO3) con quinina, producto que pasó a conocerse como tónica.




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