A partir de cierta edad hacemos como que no nos importan
las cosas que, precisamente, son las que más deseamos.

Marcel Proust
, escritor francés (1871-1922)

jueves, 2 de junio de 2016

¿Por qué digo escuchantes y no oyentes? (2)

(Continuación) Ya de la que va, y por completar la gramática del término oído les diré que como sustantivo masculino, tiene dos acepciones más.

Una, como sentido del cuerpo con el que se perciben los sonidos y mantenemos el equilibrio. Es uno de los cinco (5) de los que disponemos, a saber: vista, oído, olfato, gusto y tacto.

Otra, como capacidad de algunas personas para recoger, distinguir y reproducir de manera exacta sonidos musicales. Decimos: “Fulanito tiene muy buen oído”.

Entonces, ¿cuál debemos emplear?
Si el idioma español posee estos dos verbos, oír y escuchar, procedentes de los latinos audire y auscultare, aunque con significados diferentes. El primero con el de ‘percibir con el oído los sonidos’ y el segundo con el de ‘aplicar el oído para oír, prestar atención a lo que se oye’.

Y si a modo de sentencia podemos decir que escuchar es oír con atención, parece evidente que, desde un punto de vista estrictamente formal no hay que objetar a nada ninguno de los dos. Ambos son correctos.

Escritores de la importancia de Miguel de Cervantes o José María de Pereda utilizan la palabra escuchante en determinados momentos de sus obras.

Aunque Antonio Machado nunca la utiliza. Nunca, pero en su Juan de Mairena, hace figurar a un libre oyente, del que recalca que sigue las explicaciones del maestro con mucho interés. Es decir que lo llama oyente, pero se está refiriendo a un escuchante.

De modo que, lo utilicen o no, todos resaltan en el que escucha una atención especial, dirigida a alguien que habla.

Ergo utilizaremos uno u otro vocablo, dependiendo de a quién nos estemos refiriendo. Si a personas que sólo nos oyen, como el que oye llover, o a personas que nos escuchan, que nos oyen con atención.

Escuchar como envolvente de oír
Tal como se lo he planteado, es como si lo englobara.

De ahí que, al tener el término oír un significado más general que escuchar, casi siempre pueda usarse en lugar de éste; sirva de ejemplo: “Deja de mirar el móvil y haz el favor de oírme”, en el que puede sustituirlo perfectamente y, además, resulta más económico de decir.

Menos justificable sin embargo, parece el uso de escuchar en lugar de oír, para referirse a la simple acción de percibir un sonido a través del oído, sin que exista intencionalidad previa por parte del sujeto.

Por ejemplo: “He escuchado un ruido en la casa” o “Con este aparato no se escucha bien”, en los que, quizás, deberíamos emplear la palabra oír.

Les traigo a colación estos ejemplos porque, sin duda, estamos ante una confusión que contribuye al empobrecimiento de nuestro idioma. Y como ejemplificación de lo que le digo, existe una jugosa anécdota. Les sitúo.

Tuvo lugar en el Paraninfo de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, a mediados del siglo pasado.

Y sucedió entre el ilustre filólogo y traductor Valentín García Yebra (1917-2010) y una conocida traductora -diremos el pecado que no el pecador- que iba a actuar como ponente.

Dispuesta a iniciar su disertación, antes quiso cerciorarse de las buenas condiciones acústicas de la sala y preguntó: “¿Se me escucha bien?”.

Una expresión que habría pasado desapercibida para el público, si no hubiera sido porque allí presente don Valentín que, rápido como el rayo y algo malevo como el tango, respondió: “Con toda la atención del mundo, pero no se oye nada”.

Cuentan que todavía, si se escucha, resuenan las carcajadas. (Continuará)



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