El error es la regla, la verdad es el accidente del error.

George Duhamel, escritor y poeta francés (1884-1966)

jueves, 16 de junio de 2016

Cumpleaños de ‘Frankenstein’ (2)

(Continuación) Durante la misma leyeron una antología de relatos de fantasmas e historias de terror alemanas, y charlaron sobre el imparable progreso científico y tecnológico, que se vislumbraba en las primeras décadas del siglo XIX.

Biología y electricidad
Y discutieron acerca de los experimentos de Erasmus Darwin, buen médico, pésimo poeta, gran difusor de las ideas antirreligiosas en Inglaterra y sí, abuelo paterno de Charles Darwin ¡Qué nexo!

Trataron de los avances de la ciencia en general, de las fronteras de la vida y de la controvertida generación espontánea de la vida.

También salieron cómo no a relucir, los sorprendentes efectos que originaba el incipiente fenómeno del electromagnetismo.

Un cuerpo de conocimiento científico que había nacido a partir de los inusitados experimentos realizados, unas décadas antes, por el físico italiano Luigi Galvani.

Investigando sobre la naturaleza y las propiedades de la electricidad, demostró que aplicando una pequeña corriente eléctrica a la médula espinal de una rana muerta, se producían grandes contracciones musculares en sus miembros.

Unas convulsiones lo suficientemente grandes, como para lograr que las patas saltaran lo mismo que cuando el animal estaba vivo. Lo nunca visto hasta entonces.

De hecho, “los eléctricos” marcaron toda una época. Son las conocidas “ranas de Galvani”, miembros por méritos propios de un selecto club que llamaremos “Animalario de ciencia”.

Unas conversaciones, vuelvo a 'Villa Diodati', mantenidas sobre todo entre Percy Shelley y el doctor Polidori, que trataban del poder de la electricidad para revivir cuerpos ya inertes. Unas exposiciones científicas, que Mary escuchaba fascinada.

Dicen que por aquella época, algunos científicos se planteaban, incluso, devolver la vida a los muertos con el uso de la electricidad. Como lo leen y no les debe extrañar.

Al fin y al cabo es uno de los viejos sueños del hombre. El de “jugar a ser Dios”.

Frankenstein. El hijo de una madrugada de pavor
Fue entonces cuando el grupo, es posible que por sugerencia de Byron, se planteara un juego, una especie de reto literario. Cada uno se inventaría una historia de terror que escribiría lo antes posible y que contaría a los demás.

Por la documentación existente sabemos que Mary Godwin, la noche del día de marras, se acostó nerviosa.

Y en la soñera de la madrugada, no dejaba de darle vueltas a los temas que habían tratado en la reunión.

Parece ser que sobre las dos de la madrugada del 16 junio de 1816, antaño domingo y hogaño jueves, con la Luna en casi cuarto menguante -hoy en fase creciente, con un ochenta y uno coma cinco por ciento de iluminación (81,5 %)- se iluminó débilmente su dormitorio.

Una claridad muy poco luminosa, pero suficiente como para sacarla de su inquieto duermevela y despertarla. Inquieto digo porque había tenido una terrible pesadilla, en la que un extraño individuo experimentaba con un cadáver.

Pero no un experimento cualquiera, no ¡Intentaba nada menos que revivirlo!



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