La ciencia son hechos y de la misma manera que las casas están
hechas de piedras, la ciencia está hecha de hechos. Pero un montón de piedras
no es una casa y una colección de hechos no es necesariamente ciencia.

Henri Poincaré (1854-1912), filósofo y científico francés

miércoles, 20 de abril de 2016

Teléfono de baquelita, 1936 (1)

Quien me ha pasado esta curiosidad, un viejo conocido, me asegura del elegante modelo de la imagen lo siguiente.

Primero, que es de 1936. Segundo, que está realizado en baquelita. Y tercero, que lo fabricó la conocida empresa multinacional de origen alemán Siemens.

Y como se habrán imaginado, en principio, el año es la razón de su venida a estos predios blogueros. Si echan las cuentas verán que por estas fechas se cumple su ochenta (80) aniversario, lo que está bien.

Una fecha más, de las que cuentan para la ciencia y la técnica y saben que me gustan.

Magdalena de Proust
Sin embargo en esta ocasión, más que la fecha y el objeto en sí, ha sido el material del que está hecho, baquelita, la causa que me ha decidido a editarla.

Dicho plástico ha tenido la virtud de obrar en mí, un curioso efecto evocador de mi infancia y adolescencia. Una especie de “magdalena de Proust”, aunque no olfativa.

Creo que no escuchaba ni leía la palabra baquelita desde hacía muchos, muchos, años. O al menos no tengo conciencia de ello.

Particularmente, y perdonen la autocita, dicho término lo tengo asociado a las visitas que hacía a la casa de mi abuela María y a la “luz”. A la corriente eléctrica quiero decir, pero a la que antes se la llamaba así, “luz”.

“Niño, dale a la luz que ya no se ve”. “Carlos, enchufa la radio a la luz que ya van a dar el parte”. “Carlos se ha ido la luz, hay que cambiar los fusibles”.

Esa “luz” que entraba en la casa por la “caja de los plomos”, que estaba junto al contador de la luz que había en el zaguán nada más entrar a la derecha.

Caja y contador estaban en alto por precaución, por encima de los azulejos sevillanos que embellecían toda su parte baja, hasta más o menos mi cabeza.

Un pequeño contenedor la tal caja, como de 10 x 5 x 3 cm, más o menos como una cajetilla de tabaco y hecha de baquelita, en cuyo interior había unos hilos metálicos, pero no de plomo sino de cobre y que, de vez en cuando, había que reponer porque se habían roto al fundirse, debido a una sobrecarga de tensión.

Carlos, ha saltado el fusible”
Algo nada infrecuente en aquella época y por lo que, siendo yo ya un adolescente y como hijo mayor en funciones, mi madre me pedía que los repusiera.

Una de mis primeras chapuzas caseras para las que me exigía el mayor de los cuidados.

Había que subirse a una escalera y retirar la tapa de la caja donde, en su parte interior iban cogidos con unos pequeños tornillos, los hilos de cobre que hacían de puente entre el terminal con corriente que entraba de la calle y el comienzo de la instalación eléctrica de la casa.

Una vez bajada la caja se destornillaban los hilos de cobre fundidos por el sobre voltaje, me gustaba ver sus extremos convertidos en dos esferitas, y se ponían unos hilos nuevos que habíamos trenzado pelando un trozo de cable de corriente.

Una operación que había que realizar con una de las dos cuchillas de acero de una tijera o tijeras abierta. Hasta mucho después no tuvimos un pelacables en casa.

Una trenza de hilos de cobre que mi madre me insistía en que se la enseñara antes de ponerla en la tapa de la caja del fusible.

El motivo era que no podía ser muy gruesa pues si no, ella me decía que podía quemarse toda la instalación de la casa. Como siempre tenía razón.

Además no pasó mucho tiempo para que yo aprendiera en el colegio la explicación científica. (Continuará)



1 comentario :

Anónimo dijo...

Me identifico con usted y lo que cuenta de la "luz"