La Alhambra de Granada es la fuente de inspiración
más fértil de todas de las que he bebido.

M. C. Escher, artista neerlandés (1898-1972)

jueves, 27 de agosto de 2015

Flaubert y los grafitis (y 2)

(Continuación) Tres años después de su muerte es cuando descubren su inscripción, que motiva en el escritor esta reflexión: “Sin duda lo que sobrevivirá de él más tiempo es ese nombre, ya medio borrado” (22 de abril de 1850).

Todo un posicionamiento sobre el hombre en particular y el grafiti en general.

En otra de esas cartas Flaubert, manifiestamente abatido, le dice a su madre que la práctica grafitera le parece “muy pobre e inútil”. Y por supuesto le asegura que ni él ni su amigo, han inscrito nunca su nombre. En ninguna parte.

No en vano ven en estos nombres e inscripciones grabados en piedras, testigos de la historia del arte, quizás, los grafitis más innecesarios y prescindibles de todos. Unos hirientes testimonios a su entender, de la miseria y la tragedia del hombre.

‘El arte de viajar’
Es el título que el escritor suizo Alain de Botton (1969) le puso a su libro escrito en 2002, y en el que plantea los tópicos del viaje como búsqueda de la felicidad.

Un particular análisis de las trampas que pueden tener las escapadas a lo exótico. Caución con el tema.

Y aunque no es mi intención por supuesto, en este predio y con este revuelto agosto, reseñarle el libro, no puedo por menos que darles un par de pinceladas sobre él.

La primera es una referencia al “cabreo” de Flaubert y los grafitis, como una manifestación más de la estupidez humana. Sobre sus irritados pensamientos escribe, aportando un nuevo personaje grafitero:

   “La idiotez es algo inquebrantable. […] Un tal Thompson, de Sunderland, ha escrito su nombre con letras de seis pies de altura. No hay manera de ver la columna sin ver el nombre de Thompson, y por consiguiente sin pensar en Thompson.
   Ese cretino se ha incorporado al monumento y se perpetúa con él.”


No se puede ser más descriptivo “Ese cretino se ha incorporado al monumento y se perpetúa con él”. Y además es que no exagera en absoluto.

Basta con recordar el valor del pie como unidad de longitud y hacer las cuentas. No, no es un asunto menor el tamaño de las letras del nombre del cretino.

Porque a pesar de lo que digan el tamaño importa, vaya si importa. Hay que ser un imbécil, para no caer en la cuenta. Abro paréntesis.

El tamaño importa
De forma sucinta le cuento lo imprescindible a mi entender, respecto al tamaño.

El pie es una unidad de longitud utilizada por las civilizaciones antiguas, y como se puede imaginar es de origen natural, ya que está basada en el tamaño del pie humano. De modo que han existido muchos “pies” a lo largo de la historia: el pie romano, el pie carolingio, el pie castellano, etcétera. Y eso no es bueno.

Pero con la modernidad europea la cosa cambió, y como tantas otras unidades el pie fue sustituido en casi todo el mundo por las unidades del Sistema Internacional (SI).

Digo casi porque la sombra de la 'pérfida Albión' sigue siendo muy alargada. Y así en algunos países anglosajones (Estados Unidos, Canadá y Reino Unido) el pie es de uso corriente, equivaliendo a treinta coma cuarenta y ocho centímetros (30,48 cm).

En honor a la verdad he de decirles que como unidad, y en todo el mundo, se sigue utilizando en aeronáutica para hacer referencia a la magnitud altitud de aviones y otros vehículos aéreos. Ya les advertí de lo alargada de la sombra albiónica.

Cierro paréntesis, pero sigo con los grafitis y nuestro recién incorporado, el escritor de Botton.






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