En efecto, las cosas que aparecen nos hacen vislubrar las cosas no patentes.

Anaxágoras
, filósofo griego (500-428 aC)

jueves, 20 de agosto de 2015

De Crucificado de Susillo a Cristo de las Mieles (y 2)

(Continuación) Y era tan fácil de comprobar como simple el acto de elevar la vista y ver la miel derramada por el pecho de la escultura.

Así que no es de extrañar que la gente lo considerara un milagro y a la imagen pasaran a llamarla así, el Cristo de las Mieles. Breve y descriptiva.

Ni que decirles tengo que el “milagro” corrió de boca en boca por toda Sevilla, provocando un revuelo socio-religioso considerable. Tanto que la misma Iglesia tuvo que tomar cartas en el asunto, y hasta dicen que el mismísimo Vaticano, envió a la ciudad una delegación para aclarar el asunto.

Un asunto con enjundia al parecer porque, lo que en un principio apenas pasaba de ser una anécdota, de confirmarse oficialmente, bien podía adquirir el rango de categoría. Pues no es un milagro, precisamente, un asunto menor.

Porque eso es lo que pensaba la gente, que se trataba de un milagro.

Uno por el que el escultor lloraba su pena, su dulce pena, al estar junto a su obra. Lo que dicho así queda bien y hasta poético, si no fuera porque se encontró una explicación menos milagrera y fantástica.

La maldita realidad que todo lo frustra. Una más prosaica y menos mística, digamos. Una intrahistoria al modo unamuniano, digamos también.

Intrahistoria unamuniana
Resulta que Susillo, dado el gran tamaño de la talla la fabricó hueca, para así reducir su masa o cantidad de materia. Fue una más que previsora decisión desde el punto de vista físico o mecánico porque, además, tanto en los ojos como en la boca dejó las aberturas.

Lo que no pudo prever el artista es lo que supondría desde el punto de vista biológico, y esa enorme capacidad que tiene la naturaleza, para abrirse camino donde sea y generar lo que conocemos como vida.

Que fue lo que hicieron unas laboriosas abejas.

Esos insectos himenópteros con más de veinte mil (20 000) especies conocidas y que, al igual que las hormigas, evolucionaron a partir de las avispas. Se entiende que vieron la talla, les gustó y se quedaron a construir una colonia en su interior. El resto es fácil de imaginar.

Con el tiempo la colonia construyó panales que se llenaron de miel y, con el buen tiempo, la temperatura del ambiente aumentó, los metales de la escultura se calentaron (no olvidemos que, en general, son buenos conductores del calor y la electricidad) y la miel se derritió.

He hizo lo que hace cualquier líquido. Salió por donde pudo, en este caso ojos y boca. Esa era la verdad de la mentira y el fin del misterio. Así que adiós milagro, hola realidad, y el desmentido se abrió camino.

Un desmentido que no obstante, no impidió que al Cristo se le siguiera conociendo como Cristo de las Mieles, eso sí, ya sin milagro de por medio. Pero con una calle en Sevilla con el nombre de su autor.

Vaya lo uno por lo otro, aunque sabido es que las comparaciones son odiosas.

Calle Antonio Susillo
Se encuentra en el barrio de La Macarena, entre las calles Peral, donde empieza, y Torres donde termina. Una calle integrada en realidad por dos, que llegaron a tener nombres propios.

El tramo entre Peral y Feria era conocido, desde comienzos del siglo XVI, como Quesos, y el comprendido entre Feria y Torres lo era como Gallinas. Lo fue desde mediados del siglo XV hasta 1845, cuando quedó unida a Quesos.

Fue años después, en 1889, y a petición de la Sociedad Económica de Amigos del País, cuando la unión de los tramos se rotuló con el nombre actual, en memoria de este escultor sevillano Antonio Susillo (1857-1896).

Y del pasado volvamos al presente. Recordarán que en la entrada del pasado junio les dejaba diciéndoles, que el famoso Cristo de las Mieles había sido restaurado recientemente de la “enfermedad del bronce”.

¿Qué podemos añadir acerca de la misma?



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