No me podéis expulsar ¡Yo soy el surrealismo!

Salvador Dalí
, pintor surrealista español (1904-1989)

miércoles, 18 de marzo de 2015

Superstición, una definición para andar por casa

De una forma coloquial, y para los intereses de estas entradas, superstición, viene a ser cualquier creencia contraria a la razón y extraña a la fe religiosa. Una especie de credo que atribuye una explicación mágica, no solo al origen de ciertos fenómenos o procesos, también a sus relaciones.

Como pueden ver, aunque se trate siempre de credulidades sin ningún tipo de prueba científica, el concepto no siempre engloba a todo lo que no es científico.

Para algunos pensadores no creyentes, las religiones en su conjunto pueden ser calificadas como supersticiones. No en vano son irracionales, es decir, sus postulados no pueden demostrase mediante la razón.

Sea como fuere, la superstición tiene sus orígenes en la más antigua creencia de la humanidad, la magia.

Un conocimiento falso, una especie de arte o ciencia oculta, con la que se pretende, valiéndose de actos, palabras o la intervención de seres imaginables, producir unos efectos que son contrarios a las leyes naturales y, por ende, imposibles que se den.

Una magia que surge cuando el hombre reúne suficiente inteligencia y curiosidad, como para inquirir sobre las causas que producen los fenómenos naturales que ocurren a su alrededor.

Y nace impulsada por la misma curiosidad que en un tiempo futuro servirá de motor a la ciencia. Precisamente hace unas fechas les escribía de Winston Churchill y de su influencia sobre el desarrollo de la ciencia y la tecnología, durante la Segunda Guerra Mundial.

¿Están emparentadas magia y ciencia?
A mi entender sí. Porque ambas nacen de la curiosidad y la inteligencia humana. Pero hasta ahí llega el parentesco entre ambos sistemas de entender el mundo.

Una vez que el hombre comprende que, pese a sus esfuerzos, la insuficiencia de datos racionales que adquiere, no le va a permitir a conocer y entender el funcionamiento del Universo, y que este desconocimiento le imposibilita, de facto, para poder ejercer algún control sobre él.

Cuando el hombre toma consciencia de que se halla indefenso ante el dolor, la enfermedad y la muerte, es entonces cuando, ante tan desoladora situación, renuncia a acumular más información racional y cambia de estrategia.

Se plantea que -ya que no comprende porqué pasan las cosas, y que no cuenta con ninguna explicación para ello- pues que tampoco está tan mal interpretar lo que observa a su manera.

Mejor una credulidad simple que carecer de una explicación plausible.

Y con las mismas va y se inventa los principios de la magia de la que, muy pronto, comienza a desarrollar sus aplicaciones prácticas. Porque lo cierto es que a muchos humanos, el mero ritual mágico, ya le conforta y consuela. Humanos somos, demasiados humanos.

¿En qué creemos?
Las personas, por lo general, creemos en todo aquello que queremos creer y solemos querer lo que necesitamos.

Y al margen de lo que necesitamos, que ésa es otra, el caso es que en su credulidad mágica, el hombre piensa que con ella ya no está a merced del Universo. Más bien y, en cierta medida, cree que puede, incluso, controlarlo.

O al menos tiene la sensación de estar intentándolo. Es el mágico poder de la magia, que dicen todo lo puede. Pero hasta aquí llega la teoría. Ahora comienza la práctica: ¿Funciona la magia? ¿Cómo demostrar que la magia resulta de alguna utilidad?

Pues muy fácil: poniéndola a prueba.



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