El miedo a las alturas es ilógico.
El miedo a caer, por otro lado, es prudente y evolucionista.

Dr. Sheldon Cooper, personaje de ficción de la serie The Big Bang Theory.

lunes, 2 de marzo de 2015

10 %, Uri Geller y James Randi


Y tras las ya citadas, medios de comunicación y pseudociencias, nos queda una tercera razón de esta sinrazón del 10%. Una íntimamente relacionada con nuestros sentidos y forma de pensar, con la manera que los humanos tenemos de percibir e interpretar lo que ocurre a nuestro alrededor.

3. Razones de una sinrazón: percepción e interpretación
Sin demérito de las anteriores tengo para mí que esta falacia, y otras del mismo pelaje, se mantendrá tiempos entre nosotros.

Lo hará, no solo porque somos nosotros quienes percibimos e interpretamos los fenómenos que ocurren a nuestro alrededor.

Sino porque, también, tenemos una percepción e interpretación propia de nuestro cerebro, de los errores que cometemos, de las cosas que olvidamos, de las dificultades para aprender, etcétera.

Es como un cerebro observado por otro cerebro que es, en realidad, el mismo.

Y qué caramba. Se mantendrá entre nosotros porque a todos nos gustaría disponer de un potencial mental así. De sólo pensarlo, ya reconforta la mera idea de que podamos tener esas capacidades mentales sobrehumanas.

Resulta ser una fantasía demasiado deseable y agradable como para dejarla escapar ¿Se imagina que de un día para otro se despertara teniendo una mente privilegiada?

Que tuviera superpoderes como el de: clarividencia, telequinesia, curación psíquica, radioestesia, telepatía, precognición, psicoquinesia, etcétera. Se lo digo porque muchos piensan que poseerlos sería algo fantástico.

De ahí que crean en su posibilidad real y deseen poseer esas capacidades sobrehumanas. El eterno dilema de siempre. Realidad y ficción. Deseo y mito. Ciencia y creencia.

Animales que necesitamos creer
Sin duda, los hombres somos unos animales que necesitamos creer, creer en algo. Aunque a veces, es tal nuestra desesperación, que terminamos creyendo en lo que sea. Lo que casi nunca es bueno.

Aunque por lo general creemos, sobre todo, en aquello que necesitamos. Que necesitamos o que creemos necesitar. Que esa es otra. No en vano, la creencia en algo, es tan solo la respuesta que damos a cómo percibimos lo que nos pasa y cómo interpretamos esa percepción.

Humanos al fin y al cabo y, qué quieren, de estos mimbres estamos hechos.

Y de todo esto saben algo los ilusionistas, al menos lo suficiente como para vivir de ello. Que es como decir vivir de nosotros, de nuestra credulidad e ignorancia

Y viven, tanto los que son honrados hombres del espectáculo que con dignidad se ganan la vida, como los que no lo son tanto.

Me refiero a los que, de forma nada sincera, hablan de un pretendido “despertar de la potencialidad cerebral”, y dicen ser capaces de realizar “proezas” como doblar cucharas o detener relojes usando solo su mente.

Pongamos que hablo de Uri Geller.

Concluyendo que es gerundio, ¿qué decir del mito del 10%?
Pues lo sensato.

Aunque nuestros cerebros aún guardan muchos secretos -en otras entradas ya hemos dicho que el siglo XXI será el de las neurociencias y el cerebro- estos secretos se encuentran en la urdimbre de neuronas que tejemos y destejemos todos los días.

Pero no en ninguna oscura región cerebral, por debajo del manto de nuestros sueños y pensamientos y que tenemos sin utilizar. No nada del 10 %.

Por cierto, y a propósito de Uri Geller y James Randi, un par de pinceladas reales tan solo, pero que dejo para la próxima entrega.






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